Vivimos en una época en la que «cuidarse» parece haberse convertido casi en una obligación. Hacer deporte, comer saludable, dormir ocho horas, beber suficiente agua, tener una rutina de skincare, meditar, controlar el estrés, cuidar nuestra piel, nuestro pelo, nuestro cuerpo… Todo ello son, en principio, hábitos saludables.
Pero ¿qué ocurre cuando el autocuidado deja de ser una elección y se convierte en una exigencia?¿Cuándo hacer deporte ya no es algo que disfrutamos, sino algo que sentimos que tenemos que hacer para compensar lo que hemos comido? ¿Cuándo comer «saludable» significa sentir culpa después de tomar determinados alimentos? ¿Cuándo una rutina de cuidado de la piel deja de ser un momento agradable y se convierte en una lista de cosas que tenemos que hacer perfectamente? ¿Cuándo un día de descanso genera ansiedad?
El autocuidado puede ser una herramienta de bienestar, pero cuando nace de la inseguridad, la culpa, la necesidad de control o el rechazo hacia nuestro propio cuerpo, puede terminar convirtiéndose en una forma de malestar disfrazada de salud.
Podríamos comenzar con una escena muy cotidiana: abrir Instagram o TikTok y encontrarnos con rutinas de ejercicio, recetas «healthy», suplementos, cuerpos aparentemente perfectos, rutinas de skincare de diez pasos, hábitos productivos…
El mensaje parece inocente: «cuídate». Pero poco a poco puede aparecer otro mensaje mucho más difícil de detectar: «Si quieres estar bien, tienes que hacerlo todo bien».
¿Me estoy cuidando porque quiero estar bien o porque siento que no soy suficiente tal y como soy?
El punto no está, por tanto, únicamente en qué hacemos, sino en desde dónde lo hacemos. Esta distinción es especialmente importante porque los trastornos de la conducta alimentaria no siempre son evidentes. Una persona puede parecer extremadamente disciplinada, saludable o incluso «ejemplar» desde fuera y, sin embargo, estar sufriendo.
Los TCA son trastornos de salud mental y no una elección. Además, pueden aparecer en personas de cualquier peso y aspecto físico. Ojo, no toda preocupación por la alimentación o el ejercicio es un TCA, pero sí conviene tener cuidado cuando existen señales que indican que la relación con la comida, el cuerpo o el ejercicio está dejando de ser flexible y saludable para generar sufrimiento.
¿Cómo influye todo esto en nuestra infancia y adolescencia?
Durante la adolescencia no solo cambia el cuerpo. Cambia nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Se está construyendo la identidad, aumenta la importancia del grupo de iguales y la imagen corporal puede adquirir una enorme relevancia.
¿Qué ocurre cuando una niña que todavía está aprendiendo a quererse recibe constantemente mensajes sobre cómo debería verse? Que puede empezar a entender su cuerpo como un proyecto que tiene que corregir.
Más delgada. Más tonificada. Más atlética. Más definida. Más perfecta.
¿Y los mensajes contradictorios a los que nos vemos sometidas/os?: «quiérete como eres», pero al mismo tiempo «mejora tu cuerpo»; «sé tú misma/o», pero también «ten esta piel, este cuerpo, este pelo y esta rutina».
No podemos pasar por alto el macro escaparate que suponen las redes sociales y cómo entran en juego especialmente en la adolescencia y juventud. Las redes sociales nos enseñan cuerpos, pero rara vez nos enseñan vidas. Vemos el resultado, no el contexto. La fotografía, no las horas de preparación. El cuerpo, no la genética. La rutina perfecta, no el cansancio. El plato saludable, no la relación completa de esa persona con la comida.
Así mismo, sabemos que esta comparación no solo repercute en la adolescencia: cualquiera de nosotros/as podemos acabar comparando nuestra vida real con el escaparate cuidadosamente seleccionado de otras personas.
La trampa de la ambición que cubre el perfeccionismo, Sacar buenas notas. Ser buena hija/o. Tener amigos. Estar delgada/o. Hacer deporte. Comer bien. Tener una piel bonita. Ser productiva/o. Dormir bien. Ser feliz.
Y cuando aparece la sensación de que nunca llegamos, surge la culpa.
Entonces aquello que supuestamente estaba destinado a cuidarnos empieza a convertirse en otra fuente de exigencia.
Entonces… ¿Qué hacemos?
El movimiento, la alimentación, el descanso y el cuidado corporal forman parte de nuestra salud. Pero la salud no es solamente física. También es emocional. Una conducta no puede considerarse verdaderamente saludable si está deteriorando nuestra relación con nosotros mismos.
Podemos plantear una mirada integral: ¿qué pasa con mi ansiedad?, ¿con mi autoestima?, ¿con mi capacidad para descansar?, ¿con mi relación con la comida?, ¿con mi manera de hablarme?, ¿con cuánto depende mi bienestar de cómo creo que me veo? El punto medio podría estar en la flexibilidad. Puedo hacer deporte y también descansar.
Puedo comer de manera nutritiva y disfrutar de alimentos, simplemente porque me gustan. Puedo cuidar mi piel sin sentir que mi cara necesita ser corregida. Puedo querer mejorar algunos hábitos sin odiar mi cuerpo actual. Puedo preocuparme por mi salud sin convertir la salud en una obsesión.
Más que seleccionar o enseñar qué se debe comer o cuánto ejercicio se debe hacer, podemos enseñarles a escuchar nuestro cuerpo.
- A reconocer el hambre y la saciedad.
- A descansar.
- A disfrutar del movimiento.
- A hablar de emociones.
- A cuestionar lo que vemos en redes.
- A entender que una fotografía no es una realidad completa.
- A no asociar el valor personal con el aspecto físico.
A veces, el autocuidado más saludable puede ser precisamente dejar de intentar hacerlo todo perfecto. El autocuidado no es obsesión, es amor propio






